Presencia
De Ti todos hablan,
todos saben que existes;
casi nadie se atreve
a negar tú presencia,
a ocultar tú caricia.
Pero dicen que estás
muy lejano, dormido.
Desconocen tú voz, tú latir, tú sonrisa.
No te ven asomarte a los ojos de un niño,
ni en el río que canta,
ni en las flores que tiemblan,
ni en el fresco rocío.
Nos lo sabemos bien desde que éramos niños:
que has nacido en Belén
de tu Madre María.
Quedó inmóvil la noche
y se volvió de puntillas,
quería contemplar a solas el prodigio.
Las estrellas temblaron, al descubrir, al fin,
el rostro de Dios mismo.
Y la voz de los ángeles
se oyó en el infinito:
¡Callad, callad, que duerme,
que se ha dormido el Niño!...
Tú llorabas, Amor...
-¿Por qué llorabas, dime?...
-Porque los hombres van
deprisa por la vida
sin saber la razón
del llanto de aquel Niño.
Silencio enamorado es lo que arropa
tu nido, tu cobijo.
¿Qué, sino Amor, es lo que envuelve
tu dulce Eucaristía?...
Y desde allí nos miras
callado, despacio, ya no hay prisa.
Tú sabes esperar, y quieres y te obstinas
en que los hombres sean reflejos de Ti mismo.
¿Por qué no te veremos estando tan visible?...
Hecho Amor.
Hecho pan.
Hecho Palabra Viva.
Por algo te han llamado
el Gran Desconocido.
Qué pocos descubren tu aliento siempre vivo,
tu calor y tu sombra que a todos nos cobija.
¿Por qué seremos torpes, miopes y fríos?
¿Por qué no te escuchamos en el silencio tibio?...
Tú estás dentro del alma,
allí tienes tu nido
y lo que más deseas, de lo que no te olvidas,
es de contar bajito, susurrando al oído
que Tú nos amas tanto...
que es el Hijo de Dios quien nos ha redimido;
que lo que más anhelas, de verdad, con delirio
es reposar en silencio
al calor de mi abrigo.
No te vayas, Señor, no te alejes Dios mío.
Eres todo calor, claridad, compañía.
Dulce huésped del alma y consuelo del triste,
eres luz en la sombra, hermosura infinita.
Eres todo bondad, Uno y Trino.
No te alejes, Amor, no olvides que soy niño,
tengo miedo a la noche, a la soledad, al frío.