Dios, el mar y yo
Como un testigo mudo
escucho el diálogo entre Dios y el mar.
Hablan al amanecer,
cuando toda la naturaleza
permanece dormida;
el silencio es tan grande...
y yo que estoy despierta
por las primeras luces de la aurora
escucho su cantar.
-¡Qué inmenso eres mar,
y que profundo!
Qué mundo misterioso
albergas en tu seno.
Estás lleno de vida,
de vida generosa, que habla sin palabras,
que cuenta tantas cosas de mí...
-¿Te admira mi inmensidad?
responde el mar.
Yo sólo soy reflejo de tu serena paz,
cuando en mis entrañas hay quietud
y cuando me rebelo y me alboroto,
soy el espejo de tu grandeza inmensa.
Tú caminas pisando mis espumas,
Tú te envuelves en mis mantos de coral.
Son mis perlas las que aumentan tu hermosura,
y mis algas las que tejen
el lecho donde puedas descansar.
Y son mis caracolas las que cantan
y repiten tu voz en esta soledad;
y mis estrellas de mar,
las que muertas de envidia de las otras
marcan el sendero para que no te pierdas
en tu largo caminar.
Y son mis olas, que al morir en la orilla,
repiten tu nombre sin cesar.
Y es el sol, que cuando me despierta cada día
me recuerda que es a Ti
a quien tengo que alabar.
-Tú eres infinito,
infinito el amor que me creó;
yo soy tan solo un pálido reflejo
de este rostro tuyo,
tan profundo, tan hermoso, tan inmenso,
como es inmenso el mar.